Educación financiera: la oportunidad que México no puede volver a desaprovechar
La Estrategia Nacional de Educación Financiera 2025–2030 presentada por la Secretaría de Hacienda abre una conversación necesaria: ¿qué tan preparada está la población para tomar decisiones económicas que impactan su bienestar, su estabilidad y su futuro? México arrastra desde hace décadas un déficit profundo de cultura financiera que se refleja en bajos niveles de ahorro, sobreendeudamiento, informalidad persistente y una limitada planeación patrimonial. La pregunta no es si necesitamos educación financiera, sino si esta estrategia será capaz de generar cambios reales y medibles en la vida cotidiana de las personas.
Desde una perspectiva financiera, el principal problema no es la falta de acceso a productos, sino la falta de comprensión sobre su uso. Millones de personas tienen cuentas bancarias, créditos, tarjetas o aplicaciones digitales, pero desconocen cómo funcionan las tasas de interés, los costos reales del financiamiento, los riesgos del endeudamiento o los beneficios del ahorro a largo plazo. Esta brecha de conocimiento genera decisiones que erosionan el ingreso disponible, deterioran el patrimonio familiar y perpetúan la vulnerabilidad económica. La educación financiera debe ayudar a que las personas pasen de sobrevivir mes a mes a construir estabilidad.
En el plano económico, una ciudadanía financieramente informada tiene efectos sistémicos. Cuando las familias administran mejor su dinero, disminuye la morosidad, se fortalece el ahorro interno y se amplía la base de contribuyentes formales. Esto permite una economía más sólida, menos dependiente del crédito caro y más capaz de invertir en actividades productivas. La educación financiera no es un tema menor: impacta directamente en la productividad, en la recaudación y en la resiliencia del país frente a crisis económicas.
Desde el enfoque de desarrollo, la educación financiera también es una herramienta de movilidad social. Entender cómo protegerse ante riesgos, cómo planear el retiro o cómo utilizar instrumentos de ahorro permite romper ciclos de precariedad que se heredan entre generaciones. Si la estrategia logra llegar efectivamente a mujeres, jóvenes, adultos mayores y pequeños emprendedores, puede convertirse en un instrumento poderoso de inclusión y autonomía económica.
Sin embargo, existe un riesgo recurrente: que la estrategia se quede en campañas informativas, talleres aislados o plataformas digitales con bajo alcance real. México no necesita más discursos sobre la importancia del ahorro; necesita mecanismos que faciliten que ese ahorro ocurra. La brecha entre saber y hacer es el verdadero desafío.
Por ello, el primer siguiente paso debe ser vincular la educación financiera con soluciones prácticas y accesibles. No basta con enseñar conceptos, es indispensable acompañar a las personas en la implementación: apertura de cuentas de ahorro, estructuración de presupuestos, contratación responsable de seguros, planeación fiscal básica y construcción de metas financieras. La educación debe traducirse en decisiones concretas que mejoren el flujo de efectivo y fortalezcan el patrimonio.
Un segundo paso clave es integrar a las micro y pequeñas empresas. La mayoría opera sin planeación financiera, con alta dependencia de créditos informales y escasa protección patrimonial. Capacitar a este sector no solo mejora su supervivencia, sino que impacta directamente en el empleo, la formalización y la recaudación. La educación financiera empresarial debe enfocarse en administración de flujo, uso eficiente de incentivos fiscales, gestión de riesgos y acceso ordenado al financiamiento.
El tercer elemento imprescindible es la medición de impacto. La estrategia debe establecer indicadores claros y públicos: aumento del ahorro formal, reducción del sobreendeudamiento, mayor contratación de seguros, incremento de la planeación para el retiro y mejora en el cumplimiento fiscal. Sin métricas verificables, cualquier política corre el riesgo de convertirse en una simulación bien intencionada pero ineficaz.
También es necesario reconocer que la educación financiera no puede ser homogénea. No tiene las mismas necesidades un joven que inicia su vida laboral, una madre emprendedora, un adulto mayor o un pequeño empresario. La segmentación de contenidos y formatos es indispensable para que la estrategia tenga relevancia práctica y no se diluya en generalidades.
Finalmente, la educación financiera debe entenderse como una política de prevención social. Prevenir el endeudamiento excesivo, la falta de ahorro, la ausencia de protección y la improvisación financiera es más barato y más efectivo que atender crisis posteriores. Cada familia que logra estabilidad financiera reduce presión sobre sistemas públicos de salud, asistencia y apoyo económico.
La Estrategia Nacional de Educación Financiera 2025–2030 tiene una oportunidad histórica: dejar de ser un documento institucional y convertirse en una herramienta que cambie comportamientos. Pero esto solo ocurrirá si se construyen puentes entre el conocimiento y la acción, si se mide el impacto con transparencia y si se involucra activamente al sector productivo, a especialistas y a la ciudadanía.
México no necesita aprender a gastar mejor únicamente; necesita aprender a planear, proteger y construir futuro. La educación financiera no debe verse como un lujo educativo, sino como una política económica y social de primer orden. El reto ahora es convertir la estrategia en resultados tangibles que mejoren la vida de millones de personas.
Chávez Peña, A. (2026, 27 enero). Educación financiera: la oportunidad que México no puede volver a desaprovechar. México Cómo Vamos. https://mexicocomovamos.mx/animal-politico/2026/01/educacion-financiera-la-oportunidad-que-mexico-no-puede-volver-a-desaprovechar/
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